La alopecia femenina es un problema que cada vez padecen más mujeres. Mientras algunas experimentan una caída repentina del pelo como consecuencia del estrés o la ansiedad, en otros casos esta realidad tiene su origen en causas genéticas o autoinmunes.

Se me cae el pelo: ¿Puedo tener alopecia?

Cuando se produce una pérdida capilar derivada de un periodo de ansiedad o estrés, esta puede ser reversible a través de tratamientos farmacológicos recetados por un dermatólogo o, en los casos más leves, a través de complementos alimenticios englobados dentro del ámbito de la nutricosmética.

Sin embargo, dar con una solución para la calvicie femenina no siempre es tan fácil como buscar un tratamiento que ayude a mejorar los síntomas. Lejos de tratarse simplemente de un problema estético, la alopecia afecta ya al 30% de la población femenina en algún momento de su vida.

Para hacernos una idea, en una cabeza humana suele haber entre 100.000 y 150.000 cabellos. Según los expertos, es normal desprenderse diariamente de entre 35 y 100 de ellos. Sólo debemos comenzar a preocuparnos cuando la pérdida supere el centenar de cabellos al día.

Alopecia en mujeres jóvenes

Hablamos de alopecia en mujeres jóvenes cuando estamos ante una perdida capilar prematura y que tiene lugar entre los 30 y los 40 años. Esta puede deberse a dos razones principales.

Cuando la caída del cabello se produce por causas derivadas del estrés, estamos ante una alopecia reversible. Por el contrario, en el momento en el que esta tiene un origen hormonal, genético o autoinmune, se trata de un problema de calvicie más severo. La diferencia principal entre ambas es que en una de ellas la ausencia de cabello es temporal.

Este es precisamente el caso de la alopecia androgénica, la más habitual en mujeres por debajo de los 40 años y en la cual el folículo capilar llega a debilitarse tanto que el cuero cabelludo deja de producir pelo nuevo.

Tipos de alopecia: causas y tratamientos

Ante una perdida anormal del cabello, los expertos recomiendan visitar la consulta de un dermatólogo para, frenar el ritmo de caída si es posible y, sobre todo, descartar que se trate de una patología médica severa. En algunas ocasiones, basta con ver el tipo de caída capilar para diferenciar entre una incomodidad estética o un problema más serio.

Estos son los tipos de calvicie más habituales que los dermatólogos suelen encontrarse en consulta:

  • Alopecia androgénica: De origen hormonal y genético. Avanza de forma paulatina. Primero aparecen síntomas de menor densidad capilar y, poco a poco, la raya del pelo comienza a ensancharse hasta el punto que el cuero cabelludo queda a la vista. Como mencionamos anteriormente, puede aparecer a partir de los 30 años.
  • Alopecia areata: Se origina a partir de un problema autoinmune y, a diferencia de la androgénica, la caída del pelo avanza rápido y de forma circular. Si el tratamiento no llega a tiempo, puede desembocar en una pérdida generalizada.
  • Efluvio telógeno: Estos términos hacen referencia a la ya conocida calvicie por estrés. Se produce a raíz de un proceso de estrés o ansiedad y sus efectos son reversibles. Con el paso del tiempo, la paciente recupera la densidad habitual del cabello.
  • Alopecia difusa: Aparece una pérdida progresiva del cabello. El pelo poco a poco se va volviendo más fino hasta que pierde tanta densidad que se ve el cuero cabelludo. Afecta a toda la cabeza por igual y suele aparecer en la edad adulta. Es común en mujeres de entre 30 y 50 años.
  • Alopecia frontal fibrosante: Se trata de un tipo de calvicie de origen autoinmune y hormonal. Aunque se desconoce exactamente qué factores llegan a desencadenar esta respuesta del sistema inmunológico, en los últimos años se ha multiplicado el número de mujeres que la padecen. Afecta sobre todo a la zona de la frente y las sienes, por lo que se la conoce como calvicie en diadema. Suele aparecer sobre todo en mujeres de más de 50 años.

En términos generales, una alopecia genética como la androgénica no tiene cura. Sin embargo, existen tratamientos capaces de frenar su avance y que contribuyen a repoblar de nuevo la superficie capilar perdida.

La mayoría de las terapias utilizadas en este aspecto, recurren a tratamientos farmacológicos. En esta línea, uno de los más utilizados es el Minoxidil, un medicamento que sirve para fortalecer el folículo capilar y ayudar a que el nacimiento del nuevo pelo sea más fuerte.

Igualmente, otra de las opciones empleadas es la terapia hormonal. A veces, la solución para detener la caída del pelo pasa por ajustar los desequilibrios hormonales que la ocasionan. Así, el tratamiento con finasterida busca reducir la producción de hormonas masculinas que, en algunas mujeres, desencadenan la perdida de cabello.

A medio camino entre los tratamientos dermatológicos y los hormonales se encuentra la nutricosmética. De forma que, si lo que buscamos es fortalecer o mejorar nuestra densidad capilar, hay tratamientos farmacológicos indicados específicamente para ello. Por ejemplo, Inneov Densilogy es una buena opción si queremos suplir la caída natural del cabello que se produce en estaciones como el otoño o la primavera. Por otro lado, Pilexil Anticaída es la alternativa indicada para solucionar las pérdidas capilares que se producen en momentos de estrés.

A pesar de que los tipos de alopecia más frecuentes se aglutinan en el listado anterior, un diagnóstico temprano siempre jugará a nuestro favor puesto que hay centenares de patologías relacionadas directa o indirectamente con la calvicie.

Visitar a un dermatólogo especializado en tricología (la rama de la dermatología que estudia el pelo y sus patologías) puede darnos un diagnóstico orientativo con tan sólo examinar el cabello. La mayor parte de estos especialistas cuentan en la consulta con una tricoscopia digital, una herramienta que permite examinar el cuero cabelludo de forma no invasiva. Comprender cuál es el origen de la pérdida capilar es clave para solucionar o frenar el problema.

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